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Articulos de Opinión ·

En 1792, Mary Wollstonecraft escribió: 

«No deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre sí mismas.»

Colombia fue a las urnas el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. La coincidencia no dejó de llamarme la atención. 

Las colombianas obtuvieron el derecho al sufragio en 1954, menos de 80 años. Hoy somos mayoría en el censo electoral. Sin embargo, la representación todavía no es paritaria, pues en los espacios donde se legisla y se decide hay más hombres, y por una distancia amplia. Esa asimetría sugiere que el voto, siendo condición necesaria, no es condición suficiente para lo que Wollstonecraft llamaba poder sobre sí mismas.

El voto es, en principio, una forma de autodeterminación: una decisión que tomamos nosotras mismas sobre el mundo que habitamos. Una decisión cargada de historia, cargada de ideas. Es también, como dice una querida amiga mía, parte constituyente del relato de la vida misma. Votar es un ejercicio político, pero es, sobre todo, un ejercicio ético. Y como todo ejercicio ético, no se agota en el acto: implica preguntarse por las condiciones en las que ese acto ocurre, por quién puede ejercerlo plenamente y quién no, por lo que produce, y muy especialmente, por lo que no produce en el mundo.

Por eso, el ejercicio de ese derecho no resuelve la pregunta la autodeterminación, ni garantiza la distribución del poder. Los resultados de estas elecciones lo ilustran: de acuerdo con el tablero de datos de la Silla Vacía, de 102 escaños en el Senado, 32 fueron ocupados por mujeres, un 31,37%. Hay partidos donde ellas fueron mayoría entre los elegidos, como el Pacto Histórico que llevó 13 mujeres de 25 senadores. Hay otros, como Cambio Radical, donde de siete elegidos, ninguna es mujer. Para la Cámara de Representantes, la dinámica es muy similar. Esto tiene una dimensión estructural sobre la que debemos reflexionar continuamente. 

“Poder sobre sí mismas” no es sólo un voto cada tantos años. La autora hablaba de una condición, de la posibilidad real de autodeterminación en todos los órdenes de la vida pública. Pensada así, la paridad en el Congreso es condición estructural para que esa autodeterminación tenga lugar. No es un favor, no es un símbolo, es una corrección necesaria para que las mujeres finalmente podamos decidir, opinar, no estar de acuerdo, representar a otras…

El 8 de marzo ya pasó. La pregunta que deja es si los resultados de nuestra democracia el día internacional de la mujer se parecen, al menos un poco, a lo que esa fecha dice representar.

Daniela Erazo

Docente y Experta de la Escuela de Gobierno y Relaciones Internacionales

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