
Pasadas las elecciones presidenciales es un buen momento para reflexionar sobre la polarización política que tuvo alto protagonismo en el debate público. Aquí presentamos una discusión de dos orillas opuestas para repensarse la vida política del país.
Parte 1. La polarización como síntoma de democratización tardía
En esta segunda vuelta, las redes sociales se desbordaron de opiniones contradictorias, videos virales y contenido fragmentado sobre los candidatos, evidenciando una confrontación entre proyectos políticos diferentes. Para muchos analistas, esto constituye una polarización política que se intensificó desde la primera vuelta, donde ambos candidatos personificaban visiones irreconciliables; una tendencia que se arrastra desde procesos electorales anteriores.
Sin embargo, antes de subirnos al coro del apocalipsis, vale la pena hacer una pregunta: ¿Colombia está más polarizada con respecto a qué? ¿Con respecto a cuál estado anterior, supuestamente más sano, nos estamos comparando? Si la respuesta honesta es el Frente Nacional, ese pacto entre élites que distribuyó el poder entre liberales y conservadores, excluyendo por decreto a todo lo demás, entonces el diagnóstico se invierte: lo que vivimos hoy no es una patología. Es la tardía irrupción de la normalidad democrática.
El politólogo Francisco Gutiérrez Sanín lo formuló con claridad en una columna de opinión en 2016, durante la campaña del plebiscito por la paz: el tono intenso del debate público no es necesariamente una señal de alarma, sino que puede ser «hasta un fenómeno saludable». La política programática, explicaba, politiza más a la gente, desata luchas de intereses más serias, pone temas delicados sobre la mesa. Eso es exactamente lo que una democracia debería hacer. La filósofa Chantal Mouffe lleva décadas desarrollando ese argumento bajo el nombre de democracia agonista, esto es, una democracia que no busca eliminar el conflicto sino canalizarlo, que transforma enemigos en adversarios y que reconoce que el pluralismo de voces es irreducible (1999). Según Mouffe, las concepciones consensualistas de la democracia, las que sueñan con erradicar el conflicto, terminan siendo, en la práctica, “una defensa del orden establecido, porque no reconocen la pluralidad de intereses en juego” (Harruch, 2021).
En Colombia, el costo del consenso forzado se puede medir en cadáveres. Durante décadas, la exclusión de las terceras fuerzas fue una política deliberada, en otras palabras, el intento de suprimir la polarización ideológica produjo (y reprodujo durante años) violencia real. Por eso, para entender el peso de este momento, basta mirar la historia de los liderazgos que se disputaron la segunda vuelta, especialmente el lugar que hoy ocupa
la izquierda en el país. Iván Cepeda Castro nació en una familia que encarna la historia de la exclusión violenta en Colombia. Su padre, Manuel Cepeda Vargas, senador de la Unión Patriótica (UP), fue asesinado el 9 de agosto de 1994 mientras se dirigía al Congreso de la República en Bogotá. El crimen fue perpetrado por sicarios con participación de agentes del Estado (CNMH, 2018).
Manuel Cepeda fue uno de los miles de militantes de la UP exterminados en lo que la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y el Centro Nacional de Memoria Histórica han calificado como un genocidio político. Las cifras documentadas muestran que al menos 5.733 personas de la UP fueron asesinadas o desaparecidas entre 1984 y 2002 (Caso 06, JEP). Entre ellas, los candidatos presidenciales Jaime Pardo Leal, asesinado el 11 de octubre de 1987, y Bernardo Jaramillo Ossa, asesinado el 22 de marzo de 1990, más congresistas, concejales, decenas de alcaldes y dirigentes sindicales. Se eleva la cifra total de víctimas a 8.929, cuando se incluye la tortura, desplazamiento forzado, detención arbitraria, amenazas, entre otros delitos (CNMH, 2018; Caso 06, JEP).
Mediante sentencia, la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado colombiano por el exterminio de la UP, declarando que los actos cometidos constituyeron parte de un plan de exterminio sistemático con participación y tolerancia de agentes estatales, constitutivo de un crimen de lesa humanidad (Corporación Reiniciar, 2023). El Estado colombiano es, entonces, responsable de haber eliminado una fuerza política legítima por fuera de la vía democrática.
Y aquí está el punto que quiero subrayar. El hecho de que Iván Cepeda, hijo de ese senador asesinado, nieto político de ese exterminio, estuvo en la segunda vuelta presidencial disputando legítimamente la Casa de Nariño con más de nueve millones de votos en primera vuelta y más de doce millones en segunda es un signo de progreso democrático. Es la demostración de que Colombia ha recorrido un trecho doloroso, imperfecto, inconcluso, desde una “democracia” que mataba a sus opositores y le temía a la izquierda, hasta una democracia que los pone en el tarjetón electoral, los lleva a segunda vuelta y los hace perder por menos de 251.000 votos sobre veintiséis millones emitidos. Una diferencia de menos de un punto porcentual, en una jornada con una participación del 63,6%, de las más altas en la historia reciente del país.
Por tal motivo, la distinción que propone Mouffe (1999) entre antagonismo y agonismo es, en ese sentido, perfectamente aplicable al momento que vivimos. El antagonismo es la relación entre enemigos, donde no hay reglas, pues el objetivo es la destrucción del otro. El agonismo es la relación entre adversarios, ahí hay un desacuerdo profundo sobre el rumbo del país, pero los actores reconocen al otro como interlocutor legítimo dentro del marco institucional. En ese sentido, que De la Espriella y Cepeda se enfrentaran el 21 de junio en segunda vuelta fue un ejercicio agonista, no antagónico.
La polarización que hoy vemos tan intensa, visible, apasionada, puede ser la expresión de que hay ideas distintas en competencia dentro de un sistema que, esta vez, no las suprime con balas, sino que las cuenta una a una. Y cuyo resultado es una distancia de apenas 250.000 votos sobre veintiséis millones, es decir, prácticamente la mitad del país votó por
cada una, revelando una sociedad que se toma en serio sus posturas políticas y las defiende voto a voto en las urnas.
Parte 2. La polarización como preludio de la autocracia
Esto no significa que toda polarización sea inocua. El propio Gutiérrez Sanín, en 2016, advertía que la reciedumbre del debate no implica la ausencia de reglas, y que hay una diferencia fundamental entre un partido de rugby y una balacera. La polarización se vuelve patológica cuando alguien decide que el resultado de una elección legítima no es válido, cuando se siembra la duda sistemática sobre las instituciones para justificar su desestabilización, o cuando el lenguaje de la política se vuelve indistinguible del lenguaje de la guerra. Esa es la línea que no se puede cruzar.
Uno de los mayores éxitos de las democracias, que empiezan a instalarse en el siglo XVIII y XIX, donde los regímenes monárquicos de Francia, Inglaterra y Estados Unidos (colonia inglesa) hacen el tránsito a regímenes democráticos y de derecho, fue establecer un sistema que logra transiciones pacíficas de poder, a través de elecciones de representantes, que “buscan responder a las preferencias de sus ciudadanos, sin establecer diferencias políticas entre ellos” (Dahl, 1989). Como ya dijimos, un sistema así, lo que hace es canalizar la diferencia a través de instituciones. Para que esto funcione se deben respetar una serie de reglas que, si bien no son condiciones suficientes, sí son necesarias. Una de estas son las elecciones de autoridades, las cuales deben cumplir las siguientes condiciones:
1. Quien pierde las elecciones, acepta el resultado y hace oposición hasta las próximas elecciones
2. Reglas ciertas, resultados inciertos
3. Respeto a la oposición o del contrario para expresarse y manifestar preferencias libremente
Durante la campaña electoral del 2026, tanto en primera vuelta como en segunda, pudimos observar que las condiciones estuvieron en tensión. Los resultados se pusieron en entredicho desde el principio de la contienda. Como jurado (me tocó serlo) puedo decir que pocas veces había sentido tanta desconfianza de los electores: revisando cada esquina del tarjetón, buscando que no hubiera un punto, cuestionando los lapiceros, vigilando cada paso. De esto tengo varias anécdotas. La señora que regañó a mi compañera de mesa porque su L parecía H y eso podría ser una irregularidad. La que llegó al cubículo a revisar que los lapiceros no fueran borrables. Pero me quiero detener en una: la persona que no pudo aceptar que la gente se equivoca y terminó agrediendo a un jurado de la mesa vecina, luego de insultar a mi compañera porque había llenado el nombre de su mamá en la casilla incorrecta del E-11. Cuando la estudiante que cometió el error se disculpó, la señora empezó a gritarle que «estaba muy joven para estarse equivocando». El problema ya estaba resuelto, la gente ya había podido votar. No hubo perdón que sirviera. Son anécdotas, sí, pero son el síntoma de campañas que sembraron el miedo al robo electoral en los ciudadanos corrientes.
Aquí hay un punto importante respecto a la discusión sobre polarización, pues el respeto a la oposición no solo consiste en dejarla hablar. También está en cómo hablamos de ella. No todo vale. Por eso, mostrar al que piensa distinto como un enemigo, en vez de como un adversario, marca un límite crucial. Al adversario se le rebate; al enemigo se le elimina, porque constituye una amenaza existencial. Esta campaña estuvo plagada de mensajes que parecían más propios de una lucha por la supervivencia que de una confrontación de ideas. Los electores de lado y lado se referían al otro no como un contrario sino como un peligro, y los llamados a no reconocer el resultado, las insinuaciones sobre la necesidad de «eliminar» al otro, las expresiones de terror ante la posibilidad de que ganara cualquiera de las opciones, todo eso sonaba más al preludio de una guerra que al de una contienda electoral. Las democracias no terminan de la noche a la mañana; lo hacen poco a poco, cruzando líneas rojas, y cuando la gente se da cuenta, ya vive en una autocracia.
Por último, vale mencionar que los niveles altos de polarización complican el ejercicio mismo de gobernar, un riesgo del que ha hablado recientemente el expresidente Juan Manuel Santos. Las elecciones recientes en el mundo muestran que proyectos políticos enfrentados con diferencias mínimas en votos (por ejemplo, pensemos en Perú) generan enormes dificultades para construir mayorías y tomar decisiones. Es algo que Colombia sabrá pronto, una vez que el proyecto político de Abelardo de la Espriella empiece a materializarse.
Reflexiones finales
Los dos argumentos que hemos desarrollado en esta columna no son irreconciliables. Son, ellos mismos, un ejercicio de lo que describimos. Es decir, se puede ver en la polarización una señal de madurez democrática, pero también una advertencia. En ambas ideas hay algo de sentido, dependiendo de dónde se mire y de qué líneas se estén cruzando.
Colombia ha sabido en el pasado lo que pasa cuando esa línea se cruza de verdad. Lo saben los que crecieron seguros de que ser de izquierda era, en muchas regiones del país, una sentencia de muerte. Lo sabe Iván Cepeda que, a los treinta y un años, camino a su trabajo, se encontró con una ambulancia y un carro baleado, y reconoció el carro de su padre. Lo sabe también Abelardo de la Espriella cuando recuerda en su discurso a Álvaro Gómez Hurtado, político conservador asesinado en 1995. Que ese mismo país reconociera hoy los dos proyectos políticos opuestos, cada uno con más de doce millones de votos, a menos de un punto porcentual entre ellos, puede leerse, a la vez, como un signo tardío de democracia y como una advertencia, pues el margen es tan estrecho que cualquier cosa que erosione la confianza institucional puede convertir una democracia tensa en algo peor.
Por el momento, los discursos postelectorales dan una señal alentadora. La aceptación del preconteo como herramienta informativa y el compromiso de Iván Cepeda de respetar el escrutinio oficial dejan atrás las insinuaciones de fraude. El llamado de Abelardo de la Espriella a respetar al que piensa distinto baja el tono de lo que venía siendo la contienda. Es temprano para saber si eso se sostendrá, pero podría ser un buen comienzo.
Nuevamente, uno de los grandes logros de las democracias contemporáneas ha sido crear sistemas de transición pacífica del poder, por eso, así como fue importante la imagen de
2022 de Iván Duque saliendo de la Casa de Nariño y Gustavo Petro entrando, lo será la de agosto de 2026, cuando Petro salga y De la Espriella entre. Los símbolos importan, y este es uno muy poderoso para una democracia como la nuestra. Nos quedará en la memoria que izquierda y derecha pueden gobernar, pero también pueden entregar el poder y aceptar la derrota.
Referencias
Centro Nacional de Memoria Histórica. (2018). Todo pasó frente a nuestros ojos: El genocidio de la Unión Patriótica, 1984–2002. Centro Nacional de Memoria Histórica.
Corporación Reiniciar. (2023). La sentencia: Un fallo histórico en el país. https://corporacionreiniciar.org/caso-up/caso-up-sistema-interamericano/sentencia-de-la-corte-interamericana-de-derechos-humanos-sobre-el-caso-up/
Dahl, R. (1989). “La Poliarquía”. Madrid: Tecnos
Gutiérrez Sanín, F. (2016, 8 de septiembre). Polarización asimétrica. El Espectador. https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/francisco-gutierrez-sanin/polarizacion-asimetrica-column-653723/
Harruch, J. (2021, 9 de septiembre). “Democracia es reconocer que hay voces que no se pueden armonizar”: Chantal Mouffe. El Espectador. https://www.elespectador.com/colombia-20/paz-y-memoria/democracia-es-reconocer-que-hay-voces-que-no-se-pueden-armonizar-chantal-mouffe/
Jurisdicción Especial para la Paz. (s. f.). Caso 06: Genocidio contra el partido político Unión Patriótica. https://www.jep.gov.co/macrocasos/caso06.html
Mouffe, C. (1999). El retorno de lo político. Paidós.
Docentes programa de gobierno y relaciones Internaciones
Carlos A. Ruíz
Daniela Erazo