viernes, 27 de marzo de 2026
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Uno de los principales objetivos de política económica comunes a los países es crecer. Crecer porque la demanda también lo hace, porque se puede mejorar el bienestar de todos los habitantes, porque se puede incrementar el recaudo derivado de la producción que se transformará en inversión en diferentes áreas y porque todo esto junto, nos puede llevar a reducir la pobreza y vulnerabilidad. Sin embargo, la cuestión es: ¿hasta qué punto tiene sentido seguir creciendo a costa de más deuda y más desarraigo?
El último Informe Macroeconómico 2026 del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), bautiza a América Latina y el Caribe como una región “resiliente”. Lo anterior se explica por la capacidad que ha tenido de soportar shocks externos adversos sin comprometer su estabilidad macroeconómica; recordemos episodios como la “década perdida” con la crisis de la deuda latinoamericana en el año 1982 o el “efecto tequila” de 1995 en donde situaciones externas se tradujeron en recesiones profundas en el contexto latinoamericano. Hoy por su parte, el panorama se plantea de manera diferente con un crecimiento denominado como “modesto pero constante” que se proyecta para este 2026 en un 2,1%, soportados en gran medida por deuda pública alta y un creciente flujo de remesas de quienes han dejado sus países. La pregunta, entonces, no es si como región somos capaces de seguir creciendo sino por el contrario, hasta qué punto aceptamos que esa resiliencia recaiga sobre la salida de nuestra propia gente.
El informe resalta que la deuda latinoamericana se ha acomodado por encima de los niveles previos de la pandemia -para el 2025 se estima alrededor del 60% del Producto Interno Bruto- y que también se ha presentado un incremento en los intereses que se pagan derivados de esta deuda y tasas de interés elevadas. Es decir que los esfuerzos en materia de recaudo tributario probablemente no se destinen completamente a suplir necesidades básicas insatisfechas o a la provisión de escuelas, hospitales e infraestructura sino a cumplir con compromisos financieros históricos y en los últimos años incrementados.
De manera paralela en este panorama, las remesas se han convertido en ese respiro que jalona el consumo. Sin embargo, esta situación que tendría que verse de forma positiva considerando que, en países como Colombia, el consumo representa casi el 60% del Producto Interno Bruto, se sostiene en las decisiones de millones de personas que tienen que abandonar economías que nos les permiten lograr condiciones de vida dignas, aunque esto implique que les arranquen de sus raíces. Finalmente, necesitamos que la teoría Keynesiana siga funcionando así que, mientras la demanda agregada se mueva, podemos seguirle apuntando al crecimiento como objetivo de política económica de la manera en que se está haciendo.
Finalmente, la dinámica que se reproduce nos puede estar dando un mensaje equivocado y es que cuando vemos las decisiones que se toman en otros países en materia migratoria nos llevamos las manos a la cabeza exclamando ¡caerán las remesas! Y es comprensible la preocupación, dada su importancia en nuestra dinámica económica, sin embargo, tal vez sea momento de mirar hacia nosotros y reclamarle a la política económica nuestra preocupación por la exportación masiva de habitantes para hacernos cargo de nuestra propia gente, tal vez ahí sí seremos ejemplo de “resiliencia”.
Referencias bibliográficas
Ayres, J., & Juvenal, L. (2026). Informe macroeconómico 2026: Resiliencia y perspectivas de crecimiento en una economía global cambiante. Banco Interamericano de Desarrollo. https://publications.iadb.org/es/informe-macroeconomico-2026-resiliencia-y-perspectivas-de-crecimiento-en-una-economia-global
Rengifo, M., et al. (2017). Crisis financieras latinoamericanas: la deuda externa y el “efecto tequila” en el contexto de la internacionalización financiera mundial. Recuperado de: http://hdl.handle.net/20.500.11912/9368
Jennifer Noreña Serna
Docente y Experta de la Escuela de Gobierno y Relaciones Internacionales