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Artículo de opinión ·

El semestre pasado fui abordada por un grupo de estudiantes para realizarme la famosa pregunta incómoda: “profe ¿el pobre es pobre porque quiere?”.

Debo reconocer que me tomó fuera de base, porque ¿qué se responde a esto cuando no se tiene preparada la respuesta políticamente correcta? ¿Sí? ¿No? … “Déjame organizo mis ideas”. Y debo reconocer que se vinieron a mi cabeza dos consideraciones: por una parte, trabajos considerados como referente en estas temáticas: Desarrollo y libertad escrito por el ganador del Premio Nobel de Economía 1998, Amartya Sen, y Repensar la Pobreza, escrito por Esther Duflo y Abhijit Banerjee, ganadores del Premio Nobel de Economía 2019; por la otra, números, tasas, indicadores y líneas que terminan determinando quiénes “son pobres” y quiénes “no lo son”.

Y es que pobreza es todo lo mencionado anteriormente, con un gran matiz: la distancia entre el deber ser y lo que realmente es. En términos más crudos, esto puede sonar como: la distancia entre la vida que las personas podrían vivir y la vida que en realidad se ven obligadas a vivir. En estos temas, Sen nos invita a una reflexión que, para su momento, sonó revolucionaria frente a la teoría económica tradicional y es que el desarrollo es, ante todo, libertad. Libertad para elegir un proyecto de vida, de aprender, de ser partícipe de esta sociedad con dignidad y participar en las decisiones que nos impactan. Cuando no se tiene lo anterior, no importa que la producción del país esté disparada, que la inflación esté controlada o la moneda estable, sin la expansión de capacidades y disfrute de libertades, lo que hay es una condena directa a la pobreza.

Por su parte Repensar la pobreza nos obliga a centrar nuestra mirada en la calle, la informalidad del mercado y desarmar el discurso mediático disfrazado de racionalidad. En este contexto, la crítica hacia las familias que gastan su escaso dinero en comida más rica –que no necesariamente es la más saludable–, tienen el equipo de sonido más grande y costoso o no ahorran porque el futuro es incierto pierde fuerza. Porque cuando se amplía el horizonte y dejamos de ver al individuo para dar paso a una historia de vida, por lo general hostil, es cuando nos enfrentamos al listado de decisiones más racionales que pueden existir. ¿A quién no le gusta consumir alimentos ricos? ¿A quién una melodía al más alto volumen no lo transporta a momentos felices cargados de nostalgia? O quizá lo eleve a sueños de los que tiene la certeza de que jamás serán cumplidos. Y no, no lo digo con el ánimo de asumir una posición conformista, sino porque, para muchos, su nacimiento se convierte en una especie de sentencia, y de estos casos rara vez uno puede ser considerado “el milagro que triunfó”, una excepción en lo que debería ser una regla.

El 7 de agosto se inicia una nueva página en este libro llamado Colombia. Me surgen varias inquietudes ¿qué libertades se ampliarán? ¿cuáles se recortarán? ¿quiénes serán los

beneficiados? ¿quiénes los afectados? Repensar la pobreza en la versión colombiana es repensar nuestra responsabilidad colectiva frente a este momento: no perder el norte en los accesos a salud, educación, vivienda, trabajo digno, participación política, movilidad segura, porque cada decisión del gobierno impacta en la libertad de alguien llámese padre, hermana, amigo o vecina. Ah, y la respuesta que le di a los estudiantes ante la pregunta “¿el pobre es pobre porque quiere?” es clara: no. Es un no rotundo.

Jennifer Noreña Serna

Docente Programa de Gobierno y Relaciones Internacionales

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