jueves, 27 de agosto de 2026
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El terremoto del 10 de agosto de 2026 transformó, en cuestión de minutos, la cotidianidad de Cali y de buena parte del Valle del Cauca y del Eje Cafetero. La tierra removió casas, calles, certezas y cambió el ritmo con el que hasta el momento estábamos caminando. Muchas personas tuvieron que abandonar sus hogares y parques y andenes se convirtieron en lugares provisionales para habitar. Sin embargo, mientras todos intentábamos comprender lo que acababa de ocurrir, entre los escombros comenzaron también a aparecer otras formas de sostener la vida: manos que cargaban escombros, vecinos que compartían agua y alimentos, personas desconocidas que cocinaban juntas y, como ha ocurrido en otros momentos críticos que ha vivido la ciudad, ollas que, puestas sobre ladrillos y piedras, recordaban que alimentar también es una forma de cuidar.
En menos de dos días, comenzó a rotar en redes sociales un “Mapeo de ollas comunitarias”, en el que aparecía que se habían montado ollas comunitarias en Salomia, Llano verde, San Antonio, La luna, El refugio, El ingenio, Capri, La alameda, Chiminangos y el Oriente de la Ciudad. De manera autogestionada y motivados por la solidaridad, las personas organizaron fogones improvisados y cocinaron colectivamente mientras recibían y distribuían alimentos, ropa y medicamentos. Estas experiencias revelan que, frente a una emergencia, la alimentación trasciende su dimensión biológica – aunque en ese momento lo más urgente era dar de comer. Es decir, cocinar puede convertirse en una manera de iniciar la reconstrucción de la ciudad, aunque sea provisionalmente.
Este fue el caso de Doña Martha, una mujer que vive en el Oriente de Cali y, sin pensarlo, salió a cocinar para todo el que lo necesitara en jornadas de más de 12 horas. Así como el del artefacto social “La olla rodante”, quienes lograron congregar a la comunidad y alimentar a cientos de personas de manera continua. Estas personas, a pesar de haber vivido el terremoto como todos nosotros, lo que expresaban era agradecimiento por la solidaridad y la empatía que tantas personas brindaron para encender el fogón que ayudaba a sostener a la ciudad y a tantos caleños.
En este texto quiero brindar mi más sincera admiración y agradecimiento a todas las personas que, a pesar del miedo y duelo presente, pusieron sus cuerpos para cuidar a otros – en su mayoría desconocidos. Las ollas comunitarias son prácticas autogestionadas lideradas mayoritariamente por mujeres, las cuales buscan sostener y reproducir la vida a través del cocinar y alimentar a otros, a través de los recursos que comunitariamente se logran recolectar. Ellas hacen lo que pueden con lo que tienen y, no sé si todos somos conscientes de ello, pero hacen muchísimo.
La solidaridad que emerge alrededor de las ollas comunitarias supone reconocer que la vulnerabilidad del otro también nos compromete. En una olla comunitaria cada aporte, bien sea un plátano, una libra de arroz, unas manos para picar cebolla, agua, leña, tiempo o conocimiento culinario, adquiere valor porque entra en una trama colectiva. Esto es reflejo
del sentido del cuidado: es una práctica relacional que parte de reconocer que todos necesitamos cuidado y todos podemos brindar cuidado.
Los invito a conocer a La olla rodante, quienes aparecen en Instagram con el usuario: @la_ollarodante. Así como reconocer y valorar esos conocimientos y trabajos cotidianos que a veces muchas veces damos por sentado que alguien “debe hacer” y pasamos por desapercibido, porque estos son aquellos que sostienen nuestra vida.
Docente Ciencias Culinarias de la Gastronomía – Ana María Cruz Vidal