viernes, 22 de mayo de 2026
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Hay una pregunta que Franz Hinkelammert dejó flotando sobre toda su obra y que América Latina no ha terminado de responder: ¿cuándo el derecho deja de proteger a las personas y empieza a fabricar sus verdugos?
Franz Hinkelammert, el filósofo y economista alemán que hizo de América Latina su patria intelectual, dedicó décadas a una tarea que muchos consideraron heterodoxa: leer juntos a Marx, a los profetas bíblicos y a los documentos de las dictaduras latinoamericanas para encontrar en todos ellos una misma lógica. La llamó el fetichismo de la ley, y su argumento es más actual que nunca.
La tesis central de Hinkelammert puede formularse de manera sencilla: todo sistema que absolutiza un ideal —el mercado perfecto, la seguridad total, el orden público, la nación amenazada— necesita producir un enemigo que explique por qué ese ideal no se realiza. Y el derecho, cuando se pone al servicio de esa lógica, deja de ser un escudo para los débiles y se convierte en la maquinaria más eficiente para fabricar ese enemigo con apariencia de objetividad, con lenguaje técnico, con toga y expediente. No es una metáfora. Es la historia concreta del continente.
Hinkelammert desarrolla una idea que tomó de Marx pero llevó mucho más lejos: el fetichismo no es solo un fenómeno económico. Es la operación por la cual una construcción humana —el mercado, la ley, el Estado— adquiere la apariencia de una fuerza natural, autónoma, objetiva, frente a la cual los seres humanos ya no aparecen como sujetos sino como obstáculos.
Cuando el derecho opera como fetiche, produce exactamente eso: seres humanos que no son personas sino problemas. El migrante irregular no es alguien en situación de vulnerabilidad; es una categoría jurídica que define su existencia entera como ilegalidad. El líder sindical no es un trabajador que ejerce un derecho; es un agitador. El campesino que ocupa una tierra improductiva no es alguien que tiene hambre; es un invasor, un delincuente, un enemigo del orden.
Esta transformación no ocurre mediante la brutalidad visible del poder arbitrario. Ocurre mediante la norma. Ocurre con procedimiento, con expediente, con jurisprudencia. La sofisticación técnica del derecho es parte de su eficacia para construir al enemigo: nadie puede acusar de arbitrariedad a un sistema que tiene formularios, recursos y principios procesales impecablemente redactados.
Hinkelammert vivió el golpe de Pinochet en Chile. Lo que vio no fue solo una dictadura que suspendía el derecho: vio cómo el derecho se reorganizaba para servir a los nuevos fines. Los decretos ley de la junta, los consejos de guerra, los estados de excepción permanentes no eran la negación del orden jurídico; eran su continuación por otros
medios. El enemigo —el comunista, el subversivo, el agitador— fue construido legalmente: con tipos penales, con presunciones de culpabilidad, con figuras que permitían detener a quien no había hecho nada todavía pero que representaba una amenaza potencial al orden.
Esta forma de construir al enemigo es una secularización de la figura del hereje medieval. El hereje no era perseguido solo por lo que hacía sino por lo que era: un portador de error que contaminaba a los demás por su mera existencia. El subversivo latinoamericano de los años setenta ocupó esa posición. Y el derecho de seguridad nacional fue la inquisición que lo procesó con lenguaje técnico moderno.
Pero sería cómodo reducir este análisis al pasado de las dictaduras. La herencia de esa lógica es completamente reconocible en el presente democrático del continente. En varios países latinoamericanos, la protesta social es perseguida mediante figuras como el terrorismo, la sedición o el sabotaje, tipos penales lo suficientemente amplios como para criminalizar la manifestación legítima. Los defensores de derechos humanos, los líderes indígenas, los periodistas incómodos encuentran en el derecho no la protección de sus garantías sino el instrumento de su persecución. La forma cambia —ya no hay consejos de guerra sino juzgados ordinarios—, pero la lógica descrita permanece intacta.
La norma absolutizada produce inevitablemente transgresores no porque los seres humanos sean malvados, sino porque ningún ser humano puede cumplirla perfectamente. La norma perfecta crea al culpable perfecto. Y el culpable perfecto es el enemigo que el sistema necesitaba.
Trasladado al derecho contemporáneo, el argumento tiene una precisión quirúrgica. La propagación de tipos penales, la expansión del derecho penal del enemigo la criminalización preventiva de conductas que todavía no constituyen un daño concreto: todo ello responde a la misma lógica. Un sistema que no puede realizar su utopía de orden y seguridad perfectos necesita construir constantemente nuevos enemigos que expliquen su fracaso.
Hinkelammert murió en 2023, a los noventa y dos años, sin haber visto al continente resolver la pregunta que lo ocupó toda su vida. América Latina sigue siendo el territorio donde el derecho puede ser, según quién lo use y contra quién, el instrumento de la emancipación o la herramienta de la cacería. Su legado no es un programa de reformas jurídicas ni un partido político. Es una pregunta que obliga a quien la escucha a tomar posición: cuando el derecho construye a alguien como enemigo, ¿de qué lado está el jurista que lo aplica? ¿Del lado de la norma que clasifica, o del lado del sujeto vivo que padece esa clasificación?
La respuesta no está en los libros de derecho. Está, como siempre en Hinkelammert, en los cuerpos de los que el sistema nombra como enemigos.
Tirson Mauricio Duarte-Molina
Docente programa de Derecho.