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Hoy basta con escribir una pregunta para que una inteligencia artificial resuelva una integral, genere código o proponga el diseño preliminar de una estructura. Ante esto, es natural que algunos estudiantes, e incluso profesionales, se pregunten para qué seguir invirtiendo tanto tiempo en cálculo, álgebra lineal o ecuaciones diferenciales si una máquina lo hace en segundos. La pregunta es válida, pero nace de una confusión: creer que las matemáticas en la ingeniería consisten solo en hacer cuentas. No es así. Las matemáticas son, ante todo, una forma de pensar.

La inteligencia artificial puede entregar una respuesta, pero no siempre la respuesta correcta; los modelos de IA se equivocan, y lo hacen con total seguridad. ¿Quién detecta que un resultado no tiene sentido físico, que una carga está fuera de orden de magnitud o que un modelo omitió una condición de frontera? El ingeniero que entiende lo que hay detrás del cálculo. Sin esa base, no usamos la herramienta: dependemos de ella.

Paradójicamente, la tecnología que hace pensar que las matemáticas ya no importan está construida sobre ellas. Las redes neuronales funcionan gracias al álgebra lineal; su entrenamiento, al cálculo diferencial y a la optimización; sus predicciones, a la probabilidad y la estadística. Quien domina estos fundamentos no solo usa la IA, sino que la comprende, la adapta, la mejora y reconoce sus límites.

Más allá de cualquier fórmula, el estudio riguroso de las matemáticas desarrolla capacidades que ninguna herramienta puede darnos: el pensamiento abstracto, para convertir un problema real en un modelo que se pueda analizar; el rigor y la precisión, para no conformarnos con un resultado que solo parece correcto; el pensamiento crítico, para cuestionar datos, supuestos y respuestas automáticas; y la perseverancia, porque resolver un problema difícil enseña a no rendirse ante lo complejo. Estas habilidades son, precisamente, las que distinguen a un ingeniero de un operador de herramientas.

Además, existe una responsabilidad ética ineludible. Los ingenieros diseñamos puentes, sistemas de salud, redes eléctricas y software del que dependen vidas, y firmar un diseño implica responder por él. No podemos delegar esa responsabilidad en un sistema que no entendemos. Las matemáticas nos dan la autonomía intelectual para validar, justificar y defender nuestras decisiones.

Esto no significa que debamos enseñar matemáticas como hace cincuenta años, ni competir con la máquina en velocidad de cálculo. Se trata de enfocarnos en comprender, modelar e interpretar, y de usar la IA como aliada para explorar más y mejor. La combinación ganadora no es la inteligencia artificial en lugar de las matemáticas, sino las matemáticas junto con la inteligencia artificial.

A quienes hoy se forman como ingenieros: el cálculo que estudian no es un obstáculo del pasado; es la base que les permitirá liderar el futuro. La IA amplifica lo que sabemos; si no sabemos, solo amplifica nuestros errores.

Lilian Estefania Maradiago Correa

Docente tiempo completo, Facultad de ingenierías – programa ingeniería en sistemas

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