jueves, 5 de febrero de 2026
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Durante la última década, las exportaciones de América Latina han mostrado una capacidad de resistencia notable frente a crisis sanitarias, disrupciones logísticas y tensiones geopolíticas globales. Sin embargo, el escenario actual plantea un desafío de mayor profundidad: la región no solo debe adaptarse a un comercio internacional más fragmentado, sino también a los giros estratégicos de la política comercial de Estados Unidos, un socio que sigue siendo determinante para su inserción global.
En términos agregados, el desempeño exportador latinoamericano ha sido positivo, aunque desigual. Países como México, Brasil, Chile, Perú y Colombia continúan sustentando sus ventas externas en una combinación de materias primas, productos agroindustriales y manufacturas de mediano valor agregado. De acuerdo con estimaciones de la CEPAL y el BID, el crecimiento reciente de las exportaciones regionales ha estado impulsado más por volúmenes que por precios, lo que revela una competitividad basada en escala, pero aún limitada en sofisticación productiva.
Esta estructura exportadora deja a la región expuesta a ciclos externos. La dependencia de commodities, sumada a una alta concentración de mercados —con Estados Unidos absorbiendo cerca de la mitad de las exportaciones latinoamericanas— convierte cualquier ajuste en la política comercial estadounidense en un factor de alto impacto. Y es precisamente allí donde se configura la encrucijada.
Las políticas del presidente de Estados Unidos, caracterizadas por un mayor énfasis en la protección de la industria nacional, el uso estratégico de aranceles y la relocalización productiva (nearshoring), están redefiniendo las reglas del comercio hemisférico. Si bien estas medidas buscan fortalecer la competitividad estadounidense, sus efectos colaterales se sienten con fuerza en América Latina. Nuevos aranceles, mayores exigencias regulatorias y una revisión permanente de acuerdos comerciales generan incertidumbre para exportadores que dependen del acceso preferencial al mercado norteamericano.
Paradójicamente, este mismo contexto abre oportunidades. El impulso al nearshoring ha favorecido a países con cercanía geográfica, estabilidad macroeconómica y marcos comerciales claros, como México y algunas economías de Centroamérica. No obstante, para Sudamérica el reto es mayor: competir no solo en costos, sino en valor agregado, sostenibilidad, cumplimiento normativo y trazabilidad, elementos cada vez más exigidos por Washington.
Leonardo de Jesús Beltrán García
Docente del programa de Finanzas y Negocios Internacionales