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Artículo de opinión ·

En el marco de la Guerra Fría, Estados Unidos utilizó “zanahoria” pero sobre todo “garrote” para alinear a su hemisferio e incluirlo en su bloque. En un buen número de estados del continente, Washington utilizó a la CIA y estableció gobiernos aliados mediante golpes de estado militares o cívico-militares. Pero, debido a la revolución sucedida entre 1953 y 1959, y que generó el cambio de sistema y régimen político, Cuba no pudo ser afectado por esta estrategia.

Es así qué, los Estados Unidos decidieron aplicar un embargo a Cuba, su “garrote” particular. El embargo, como lo señala Wikipedia:

es un extenso entramado jurídico estadounidense que incluye leyes y regulaciones que prohíben y regulan las relaciones económicas, comerciales y financieras con este país. Fue impuesto por primera vez por la administración de Dwight D. Eisenhower. El embargo ha tenido distintos niveles de intensidad desde 1960 generando distintos tipos de afectaciones en el sistema económico cubano. (párr. 1, 2026).

Pero, no solo se aplicó a Cuba, el gobierno estadounidense también lo aplicó a otros estados como Yugoslavia, Irán, Corea del Norte, Zimbabwe, etc.

Y, a pesar de que la Guerra Fría ya finalizó, aun así, este embargo se mantiene. Aunque la administración Obama inició un proceso para su flexibilización (y desaparición) el gobierno Trump, por el contrario, lo ha profundizado. Desde enero de 2026, Donald Trump firmó una orden ejecutiva culpando a Cuba de «desestabilizar la región y aliarse con adversarios de EE UU como Rusia, China e Irán» (párr. 2, 2026). Esto ha limitado aún más la posibilidad del gobierno cubano de mantener lazos comerciales con otros estados ya que Estados Unidos impone sanciones a quienes comercien con la isla.

Sin embargo, esta decisión no ha caído bien en la opinión pública mundial ni en ciertos gobiernos del continente, y fuera de él. Y esto, ejemplifica, la perdida de atractivo que está sufriendo Estados Unidos a nivel internacional y que evidencia el poco interés que actualmente tiene el gobierno estadounidense por su Poder Blando. Según Joseph Nye, el Poder Blando:

Es la habilidad de obtener lo que quieres a través de la atracción antes que a través de la coerción o de las recompensas. Surge del atractivo de la cultura de un país, de sus ideales políticos y de sus

políticas. Cuando nuestras políticas son vistas como legítimas a ojos de los demás, nuestro poder blando se realza. (Nye, 2010, p. 123)

Al ignorar la repulsa que causa mantener el embargo, Estados Unidos está aumentando los costos de su política exterior. Pero, mientras este gobierno desprecia su poder blando, aparecen nuevos actores que reconocen esta decisión como una oportunidad para fortalecer su propia agenda exterior de prestigio.

En este escenario, aparece China que ha decidido entregar alrededor de “60.000 toneladas de arroz a la isla […] así como 80 millones de dólares para equipamiento eléctrico e infraestructura energética” como lo señala la Agencia de Información Suiza. Frente al bloqueo de combustible y otros bienes, Beijing ha decidido acompañar a la isla no solo con suministros alimenticios sino profundizando el proceso de reemplazo de fuentes energéticas a través de la puesta en funcionamiento de miles de paneles solares. Estas acciones, no solo buscan resolver los efectos que sobre la vida cotidiana tiene el embargo, sino, posicionar al país como defensor de los Derechos Humanos y del Medio Ambiente, temas que aumentan su atractivo.

Una lectura que sostiene el mismo gobierno chino. En declaración del ministro de Relaciones Exteriores Guo Jiakun se señaló que “La parte estadounidense debería dejar de esgrimir el garrote de las sanciones y el garrote judicial contra Cuba” (BBC, párr. 2, 2026).

China asume así el rol de nuevo arbitro del sistema. Y el resto de actores se ven complacidos de que así sea. Lo que evidencia que el gobierno chino comprende perfectamente que, para ejecutar una verdadera estrategia de política exterior de poder inteligente, como la propuesta por Nye, el estado debe alinear su poder duro a su poder blando.

Y, así, mientras el viejo “sueño americano” entra en declive definitivo, es el momento de abrazar el nuevo “sueño chino”.

Lorena Estupiñán-Pedraza

Docente y Experta de la Escuela de Gobierno y de Relaciones Internacionales

Internacionalista

Politóloga

Magister en Educación

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