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Artículo de opinión ·

Hace no tantos años, la lista del mercado semanal era predecible: arroz, aceite, huevos, leche, tal vez un poco de pollo. Hoy, en muchos hogares, a esa lista se le suma una línea nueva, discreta pero cada vez más frecuente: la suscripción mensual a una herramienta de inteligencia artificial. Casi sin darnos cuenta, los tokens han comenzado a ocupar un lugar en la canasta familiar.

La pirámide de Maslow describe cómo las necesidades humanas se organizan desde lo más básico —alimentación, abrigo, seguridad— hasta niveles más complejos relacionados con la realización personal. Con el tiempo, y especialmente en la era digital, esas prioridades han mutado. El acceso a la telefonía móvil y a internet dejó de ser un lujo para convertirse en una condición casi indispensable de la vida cotidiana. ¿Está pasando lo mismo ahora con la inteligencia artificial?

El auge de la IA ha dado lugar a una variedad sorprendente de plataformas que potencian la productividad tanto en el trabajo como en la vida personal. Redactar, analizar, diseñar, programar, estudiar: hay una herramienta para casi todo. Y aunque muchas ofrecen versiones gratuitas, su verdadero potencial suele estar atado a un plan de pago que habilita funciones avanzadas, mayor velocidad y mejores resultados. Ahí empieza el dilema.

Porque no estamos hablando de un capricho. Quienes trabajan de forma independiente, estudiantes universitarios, profesionales en cualquier área, emprendedores: todos están sintiendo una presión silenciosa para acceder a estas herramientas si quieren mantenerse competitivos y altamente productos. La pregunta ya no es si usar IA, sino cuál y cuánto pagar por ella.

Esto plantea una cuestión que vale la pena nombrar con claridad: ¿estamos ante la incorporación de un nuevo gasto esencial en la economía del hogar? Así como en su momento el internet pasó de ser opcional a necesario —y con él el plan de datos del celular—, todo parece indicar que las suscripciones a servicios de IA recorrerán el mismo camino. No de golpe, no de forma oficial, sino gota a gota, mes a mes, tarjeta a tarjeta…

El problema es que este tránsito ocurre sin que nadie lo haya anunciado formalmente. No hay un decreto que diga que ChatGPT, Copilot o Claude son ahora parte de la canasta básica digital. Pero la realidad del mercado laboral y educativo empieza a comportarse como si lo fueran. Y eso tiene consecuencias que aún no estamos midiendo bien: ¿qué pasa con quienes no pueden pagar? ¿Estamos ante una nueva forma de brecha digital, esta vez no entre quienes tienen o no internet, sino entre quienes pueden o no costear inteligencia artificial de calidad?

No pretendemos aquí dar respuestas definitivas. Lo que sí nos parece claro es que vale la pena detenerse a pensar en ello antes de que el gasto ya esté normalizado y la discusión llegue tarde. Porque cuando algo entra en la canasta, es muy difícil sacarlo. Y si los tokens van a quedarse, mejor que empecemos a hablar de cómo garantizar que ese acceso no se convierta en otro privilegio más.

Carlos Giovanny HIDALGO SUAREZ

cghidalgos@usbcali.edu.co

Carlos Mauricio BETANCUR VARGAS

cmbvarga@usbcali.edu.co

Docentes y expertos de la Facultad de Ingeniería

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