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Artículo de opinión ·

La filosofía del derecho suele pensarse usualmente como una disciplina del orden. Su lenguaje privilegiado es el de la validez, la obligación, la sanción, la competencia y la garantía. En su gramática interna, el derecho comparece como una arquitectura destinada a contener el conflicto y a hacer posible una convivencia mínimamente estable. No obstante, vista desde la filosofía de la redención de Mainländer, esta comprensión resulta insuficiente. El derecho no solo organiza la vida común, también administra una existencia atravesada por el sufrimiento, la falta y la imposibilidad de plenitud. Su drama no es únicamente normativo; es, antes que nada, metafísico. 

Mainländer obliga a pensar desde un presupuesto radical: el ser no constituye un bien supremo y la existencia no es un don que deba celebrarse sin reservas. En lugar de una metafísica de la afirmación, propone una metafísica de la disolución. El mundo no sería la expresión triunfante de una voluntad de vivir, sino el despliegue fragmentario de una voluntad orientada al agotamiento, al descenso y, en último término, a la nada. La redención, en este marco, no significa reconciliación con el ser, sino liberación del peso de existir. 

Si se adopta esta perspectiva, el derecho aparece bajo una luz incómoda. Ya no puede presentarse como promesa de realización humana plena ni como instrumento capaz de colmar las heridas fundamentales de la vida. A lo sumo, puede retardar ciertos males, distribuir cargas, moderar violencias, impedir arbitrariedades. Pero no puede redimir en sentido fuerte. No puede suprimir el fondo trágico de la existencia ni cancelar el dolor que acompaña a la condición humana. Su potencia es menor, más sobria y más triste. El derecho no salva: administra el sufrimiento de manera institucional.

No obstante, allí reside su paradoja. Precisamente porque no redime de manera absoluta, el derecho conserva una tarea decisiva. En un mundo en el que vivir no equivale a realizar una plenitud, sino a atravesar una experiencia de desgaste, la justicia no puede concebirse como triunfo del bien sobre el mal, sino como disminución concreta del daño. Desde Mainländer, el horizonte jurídico se desplaza: la pregunta ya no es cómo perfeccionar la existencia, sino cómo evitar que el sufrimiento se intensifique por obra de la dominación, la crueldad o la indiferencia institucional.

Esto exige una reformulación profunda de la idea de justicia. Ser justo no sería prometer felicidad colectiva ni fundar ilusiones sobre una armonía final del cuerpo político. Ser justo sería impedir que el mundo resulte todavía más gravoso para quienes ya soportan su peso. El derecho tendría entonces una función negativa, pero no por esto irrelevante: contener la expansión del dolor evitable. Castigar, reparar, reconocer, redistribuir, garantizar, escuchar: todos estos verbos jurídicos adquirirían legitimidad no porque conduzcan a una redención positiva, sino porque interrumpen, aunque sea parcialmente, la reproducción del padecimiento.

Desde esta óptica, también cambia el sentido de la responsabilidad. No respondemos ante el Otro porque la historia progrese hacia una reconciliación superior, ni porque la comunidad jurídica encarne un ideal consumado de racionalidad. Respondemos porque el Otro sufre, porque la existencia hiere, y porque el abandono jurídico agrava aquello que ya de por sí es difícil de soportar. La norma, de esta manera, deja de ser solo un mandato abstracto y se convierte en una forma frágil de piedad secular.

La filosofía del derecho, leída desde Mainländer, pierde optimismo, pero gana honestidad. Renuncia a presentarse como ciencia de la redención histórica y acepta su límite: no puede vencer la negatividad constitutiva de la vida. Puede, eso sí, oponerse a que esa negatividad adopte la forma de humillación, exclusión o violencia legitimada. En ello radica su dignidad. Tal vez esa sea la lección más severa y más lúcida: el derecho no está para justificar el mundo, sino para hacerlo un poco menos cruel mientras dura. No promete salvación. Apenas ofrece contención. Pero, en tiempos de devastación moral y política, esa modesta tarea ya no es poca cosa.

Tirson Mauricio Duarte Molina

Docente del programa de Derecho

de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas

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